viernes, 28 de diciembre de 2012

Portada: Patineta



Hay pocos cosas más sencillas que el skate, en el fondo no es más que una tabla con cuatro ruedas, pero definir su función e importancia es otra historia. Desde sus inicios el skate ha mamado de la historia del surf asi que como tal se le suele llamar deporte, si bien no fue hasta la explosión cultural de los 70s cuando deja de ser un juego de niños para pasar a convertirse en la osesión de millones de personas en todo el mundo

Actualmente nuestro país se encuentra en el epicentro de un nuevo episodio de la historia del skate, el regreso del Longboard. El Long, digamos una modalidad, se caracterizaría por la longitud de las tablas, el giro de los ejes y la blandura de las ruedas, aunque en realidad la verdadera diferencia radica en que al ser una disciplina a priori más sencilla puede ser vendida a un público mayor y más amplio. A pesar de su temprana y abrumadora comercialización el long ha encontrado en Madrid un nido de locos idóneo para desarrollarse un poco al margen.

Gracias a la amabilidad y el buen hacer de las viejas glorias que controlaban, digamos, el stablishment y las tiendas, y al impulso creativo y excéntrico de sus nuevas promesas como Raul Serrano, Alberto Alepuz y los jovenes riders, el long español está poco a poco demostrando su potencial y su caracter independiente y genuino.

En una época extraña y cada vez más dura resulta más extraño aun ver como en apenas cuatro años ha crecido tan desmesuradamente la cantidad de gente que patina usando una tabla larga, sabiendo que, para más inri, un longboard completo suele valer a partir de 100€.

Por eso entre otras cosas el long se ha movido en sus inicios entre gente más mayor de lo que el tópico del skater dice. Además esto a propiciado el intercambio, el consejo, la ayuda, la segunda mano, la reparación, la auto construcción.

Es un mundillo bonito y abierto que entra ya en su adolescencia, con cada vez más y mejores riders, una familia de locos adoradores de el Angel Caído, de vampiros de libros, un hermandad de locos nocturnos adictos al humo y al ruido de una ciudad que pese (o precisamente por, quién sabe) a todo se niega a irse pronto a la cama.

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